1. ADRIÁN SOTO


Una tarde cualquiera. Tarde de perros, tretas y tratos.
Tarde sucia, angustiosa y nostálgica. Adrián Soto llega al mi-
rador, su mirador. Sin bajarse de su Suzuki GSR-X, que le
costó sudor y lágrimas conseguir y a la que venera y cuida
como a su propia hermana, esboza una sonrisa de añoranza.
—Oye, tú, ¿llevas calefacción en la moto, o qué?
—No la necesito, rubia. ¿Qué pasa, quieres que te dé calor?
—Hombre, en pleno febrero y con manga corta en la
moto…
—Si quieres llamar mi atención, ese no es el camino.
—¿Y por qué querría yo llamar tu atención, a ver?
—Porque es lo que queréis todas. Sí, ahora disimula con el
mó-vil.
—No creo que llegues muy lejos con esa Variant.
—¿Ah, no, y eso?
—Por los tirones que te pega… debes llevar el cable de la
bujía roto, así que mejor que te pases por el taller de mi padre.
Hace mucho tiempo de eso. Mira al cielo y para el mo-
tor. Baja de la moto y se sienta en uno de los dos bancos, el
de la derecha, su banco. Siempre el de la derecha, los zurdos
dan mala suerte y no son de fiar. A Adrián no le gustan los
zurdos, no sienten, no aman, encajan mal, no saben pelear y
simplemente son diferentes. Su pantalón de Lefties ceñido y
de tobillo prieto está algo roto, prenda que ya intentó zurcir su abuela antaño, aunque nunca lo consiguió, y de él cuelga
una cadena brillante con una pequeña calavera. Su camiseta
Abercrombie, ajustada por encima del cinturón Diesel per-
fectamente colocado, marca los músculos de sus brazos y
deja entrever su afición por el deporte. Bíceps y tríceps es-
culpidos al son de horas de gimnasio que van a juego con
unos abdominales que descubren un cuerpo fibroso con so-
lamente un 8 % de materia grasa. Por encima de su zamarra,
del cuello cuelga una cadena de plata que sostiene una pla-
ca con su nombre y una cruz. Mira a lo lejos. El mar cubre
el horizonte, un mar en calma esta vez, con ese azul verdo-
so fundiéndose con el cielo y creando una paleta de colores
que emana sosiego. Los barcos del puerto, todos alineados
con sus banderas ondeando, le sugieren orden. Un orden
que busca y no encuentra en su vida. El último arañazo a su
Suzuki le costó 200 euros y una buena multa. El dueño del
coche con el que tuvo el accidente no quiso arreglar papeles.
En total, tuvo que pagar 2.600 euros por daños y perjuicios.
Eso fue lo de menos para él. Su única preocupación des-
pués del suceso era que no le había podido romper la nariz
al mierda ese. Solamente le partió la mandíbula y le fracturó
tres costillas, causándole unos daños de los que aún se reha-
bilita. Eso no calmó la ira de Adrián. La nariz no se la pudo
romper. Pero esta vez no se refugia en el mirador por ese mo-
tivo, en esta ocasión son otros problemas los que le afligen y
como de costumbre acude para encontrar una paz que año-
ra. La tranquilidad y estabilidad que tanto cuesta mantener y
que alcanza sentado en el banco de la derecha. Siempre el de
la derecha, el que está desgastado, quizá por el clima o quizá
por el tiempo que lleva allí plantado. Lleno de grietas y con la
madera carcomida y descolorida. Puede que por eso le llame
la atención, en ocasiones los más carcomidos y descoloridos por el paso del tiempo son los que más experiencia y mayor
conocimiento tienen de la vida. No todo el mundo es capaz
de vencer a la muerte durante tantos años, el que llega ahí ha
de hacerlo dolorido y redimido de sus pecados, y para pecar
hay que incumplir las normas. Lo verdaderamente compli-
cado es volver a la casilla de salida con la mente libre. Con el
alma pura.
—¡De inútiles está el mundo lleno, Panucci!
—Ma se non ho fatto niente!
Unos gritos a lo lejos perturban su serenidad emocional
clavándose en su cabeza como truenos. Advierte a un grupo
de jóvenes en el puerto, abajo, a muchos metros de distancia.
Un gato lame con ansia un cazo a medio camino entre vin-
tage y vestigio romano. Últimos lengüetazos a una leche que
apesta a pasada, pero que cuando escasea el alimento sabe a
elixir. Adrián se levanta y el gato de color gris sale como una
exhalación y se adentra en Villa Leopold, la casa abandonada
que hace unas décadas dominaba la bahía y que dejó de per-
tenecer a aquella familia inglesa adinerada que vino a vivir a
España tras su jubilación. Allí abajo, entre el bar El Clavo y el
Balcón al Mar hay un aparcamiento a estas horas despobla-
do de coches donde suelen ponerse los chavales a apostar su
dinero. En círculo deben jugarse su tela a cara o cruz. Cara
se lleva el dinero apostado, cruz lo pierde para siempre. A
menudo el juego se torna en violencia. Insultos, discrepan-
cias y división de opiniones son la salsa de este juego ilegal,
así que suele aparecer la Guardia Civil portuaria para disua-
dir el conflicto; otras veces son ellos mismos los que acaban
con el problema a base de guantazos, como en el caso que
nos acontece.
—Eh, capullo, ¿si no tienes con qué pagarnos para qué
apuestas?

La situación es complicada para uno de los adolescentes.
Su apuesta era a todo o nada y evidentemente se ha queda-
do sin dinero. Italiano, de Cagliari, espigado, de pelo rubio
rizado y tez pálida. Vestido con un traje oscuro, camisa blan-
ca y corbata negra, de las finitas y acabadas en recto y no en
punta, no quita el ojo a su cartera Pierre Cardin de piel don-
de guarda las tarjetas que contienen las cuentas suculentas
de su padre.
—Chicos, non ti preoccupare, mañana os traigo la calda,
¡lo giuro!
—¿Mañana, pringao? Mañana estarás en el hospital como
no tengas mi dinero ahora mismo. Este tío flipa…
Uno de los jóvenes, con un pantalón que deja sus tobi-
llos al aire y una chaqueta abotonada, saca un cuchillo y se
lo pone en la garganta al joven deudor intimidándolo has-
ta tal punto que consigue que se mee en los pantalones. El
resto ríen y ríen. El italiano también ríe. Mira a su alrededor
y piensa que quizá no fue buena idea eso de venir a Valen-
cia de inmersión lingüística. Sabe que en esas condiciones
en Cagliari a cualquier español lo meten en la caja, así que
solo un milagro puede sacarlo de allí. Y esa esperanza se
cristaliza, en ese instante llega Adrián con su Suzuki arman-
do mucho jaleo con el gas. Para la moto cerca del grupo, el
humo y el olor a rueda quemada invaden a los presentes, se
sube las Carrera hasta ponérselas en la cabeza y los mira uno
a uno de arriba abajo. El silencio es sepulcral. Nadie consi-
gue mediar palabra. El italiano sonríe al ver a Adrián y le
dice en perfecto español:
—Tú vas a mi instituto. Al José Espronceda. Estás en el úl-
timo curso. Te conozco.
—¿Qué quieres? —pregunta uno de los agresores dirigién-
dose a Adrián.

—Nada. No me gusta que hagan daño a la gente que co-
nozco. Vosotros no sé quiénes sois ni me importa, así que no
pretendo haceros daño.
Los jóvenes ríen de nuevo. Uno de ellos, el de la navaja, se
acerca y le dice que se vaya o lo echará él. Otro de ellos susu-
rra a sus amigos que se callen, ya que es Adrián Soto.
—¿Me dejas bajar de la moto? —pregunta Adrián al chi-
co de la navaja.
—Tú mismo. Pero si después lloras ¡no vayas a chivarte a
mamá, eh!
Baja de la moto y suelta un directo a la cara del agresor tan
rápido que no le da tiempo ni a mover el brazo en el que lle-
vaba el arma. Retorciéndose en el suelo grita:
—¡Me ha roto la nariz! Hijo de puta, ¡me has roto la nariz!
Mientras los otros lo recogen, Adrián le dice al italiano que
suba a la moto. Eso sí, no sin antes hacerle quitar los panta-
lones que rebosaban orín. El de Cagliari no está de acuerdo
con la decisión y Adrián amenaza con dejarlo allí. El joven se
quita los calzones rápidamente y los deja en el suelo. Se gira
hacia el grupo de jóvenes y sonríe. Sube a la moto.
—¿Cómo te llamas?
—Allegri, Giaovinco Allegri. Grazie per il tuo salvamento.
—De gracias nada, italianini, tú y yo arreglaremos cuentas
en el instituto mañana.
Carla Cereceda anda por el muro que separa el paseo de la
playa de las piedras con el mar. La brisa marina revuela su
larga melena rubia y el mar se viste, en esta ocasión, del azul
de sus ojos. Unos ojos que traen de cabeza a la mayoría de
los chicos del instituto. Lleva su carpeta del instituto en la
mano debidamente ornamentada con fotos de chicos majos
y con unos cuerpos acorde a su nivel mediático. Cristiano
Ronaldo está en relieve realizado con algodón, estratégica-
mente colocado debajo de la fotografía para que al forrarlo
consiga dicho efecto. Miguel Ángel Silvestre es otro de los
afortunados, Romeo Santos, un platino Santi Cañizares, el
ganador de un Goya Mario Casas, David Broncano y hasta
un incomprensible Pablo Motos. Esta carpeta es el cuader-
no de bitácora de Carla. En ella, no solo residen sus apuntes,
sino un inmenso diario donde suele anotar minuciosamente
los pormenores del día a día de su vida y de quienes la ro-
dean. Su cabello dorado va a juego con la puesta de sol que a
punto está de ceder.
—Baja ya de ahí, a ver si aún te caes ¡y la tenemos! Y deja
de pensar en tu ex que me pones nerviosa. Otra palabra so-
bre él y te juro que te arranco los dientes.
Patricia es siempre así de sincera y directa. Puede que sea la
mejor amiga de Carla, pero en ocasiones resulta ser su peor
enemiga. Un Pepito Grillo que la aconseja y la guía por el ca-
mino que más le interesa. Carla baja del muro.
—Mira, Patri, si no quieres que te hable de él será mejor
que dejemos de quedar. Sabes que no me lo puedo quitar de
la cabeza y ahora sé que está a punto de volver conmigo, ten-
go esa sensación. Me toca esperar.
—¿Esperar? ¿Esperar a qué? Tú lo que quieres es que vuel-
va a hacerte daño. ¿Es eso, niñata?
—Chicas… deberíais dejar el tema ya. Carla, creo que esta
vez Patricia tiene razón. Al final cansas con el tema. Y yo sien-
to que pasaré de tu culo si no ves más allá de ese impresentable.
Sinceramente, estoy convencida de que lo que te hace falta es
echar un polvo como el comer, ¿eh? —contesta Elidieta, una
amiga incansable de Carla y Patricia, obsesionada con man-
tener su peso en 52 kilos. Ni uno más ni uno menos. Morena,
de ojos verdes aceituna y un rostro angelical, Elizabeta debe
su apodo al diminutivo de su nombre más «dieta».
—¿Sabéis qué os digo? Que no tenéis ni idea de lo que es
querer a alguien. ¿Vosotras no os habéis enamorado nun-
ca? ¿Nunca os han hecho volar y ver que puedes descubrir
la vida con solo verle sonreír?… Por eso no lo entendéis. Tú,
Patri, porque espantas a los tíos. Y tú, Eli… ¡a ti porque te
gustan las tías!
—¡Qué tendrá que ver eso! Yo paso de esas movidas cur-
sis. A mí lo que me hace volar es ¡la fiesta! —grita Elidieta.
—Claro, tú mucho comer sano, equilibrado y esas patrañas
y luego ¡bien que te pones fina el fin de semana! —contes-
ta Carla.
—Oye, tú, ¿qué insinúas?
—No insinúa, afirma, Eli. No jodas, que lleva razón. No en-
tiendo cómo coño puedes ser tan enérgica e impulsora de la
vida sana cuando después lo echas todo a perder cuando sa-
les —responde Patri.
—¡Y ahí tienen ustedes a mis amigas, señores! —suelta Eli.
Elidieta porta en la mano una carta que lanza al aire y el so-
plo del viento la transporta hasta el mar de la playa. Mojada y
sin éxito pasa a mejor vida.
—¡Eli, no! Dime que no… —le dice Carla.
Patricia se echa las manos a la cabeza y resopla. Esa hoja
contenía unos párrafos que le había llevado semanas escri-
bir a Carla para su ex. El atardecer era un bonito momento y
la playa con su mar enfervorecido un inmejorable lugar para
segar el significado y la repercusión de esa carta. Su destina-
tario, seguramente en un lugar menos idílico, lo agradecerá.
—Acabas de cargarte una declaración de arrepentimiento
y amor eterno… ¿Lo sabes, imbécil? —dice Carla, zaran-
deándola del brazo.
—Realmente acaba de liberarte, tía. Eso de escribir car-
tas en pleno siglo XXI da un poco de grima. ¡Venga!, fuera
malos rollos y escuchad: el jueves al Caragato viene a tocar
Deja que Suene, el tributo a Manuel Carrasco, y el viernes
Los Meconios, que cantan esas canciones políticas que tanto
os gustan. ¿Os apuntáis?
Patricia es una fan empedernida de la música y hace sus
pinitos como cantante en la cocina de su casa, en la ducha,
alguna vez en las fiestas del instituto junto a su guitarra y
con algunos de sus compañeros aguantando el tipo. Pero
nunca ha tenido una oportunidad profesional. Vive atavia-
da con cinco tatuajes en su brazo izquierdo que se enraízan
y forman una especie de enredadera angustiosa con espinas;
uno en su tripa, pequeño, como una luna al estilo Pataky;
otro en su pierna derecha que nunca nadie ha entendido y
uno último en el tobillo izquierdo donde podemos apreciar
una calavera saliendo despedida como una bala del cañón de
un arcabuz. Es conocida su querencia por escuchar música
de grupos desconocidos a oídos del populacho. Gato Cha-
rro, Los Susurros, Raúl Ogalla, Pinka, Sva-ters, entre otros
muchos, son de su agrado, pero ninguno como su grupo fa-
vorito, Flea Circus. Morena de armas tomar, tiene mucho
carácter y su aspecto desaliñado desentona con su sensua-
lidad innata.
Elidieta mira con asombro a Patricia, no le convence la
idea ni el grupo en cuestión, no lo conoce y para postre el
jueves tiene que cenar piña y no es saludable saltarse la die-
ta. Carla sugiere que no es buena idea, ya que el viernes a
primera hora tienen un examen de literatura. De repente la
conversación vuelve al punto álgido. Eli es así, inesperada,
fresca, espontánea, capaz de lo mejor y también de no saber
cuándo cortar de raíz.
—No entiendo cómo aún le escribes cartas de amor te-
niendo ¡el WhatsApp! Tiene razón Patri.
—Cada una utiliza sus armas y por el WhatsApp se malin-
terpreta todo, Eli, ya lo sabes —contesta Carla.
—Sea como sea, eres mi amiga y por eso me he deshecho
de esa horterada. Yo te voy a apoyar en todo. Por eso me
tienes aquí, para ayudarte a redactarlo por WhatsApp, por-
que, tía, escribir cartas ¡es de abuelas! Unos emoticonos bien
puestos y no hay mejor mensaje, son la nueva poesía…
Patricia, lejos de la conversación, se pierde unos pasos más
atrás pensando que cualquier día, más temprano que tarde,
deberá cambiar de amigas o agenciarse un novio si quiere ir
a conciertos de este tipo acompañada.
Adrián para la moto y la deja aparcada. Sube a su casa, el
19 de la calle Gómez Ferrer. Entra y se dirige a su habita-
ción, a oscuras, la luz es mala compañera cuando uno está
nublado. Ahora necesita tinieblas para salir de ese punto en
el que o ganas o pierdes. Tras unos minutos de examen de
conciencia enciende una luz tenue de la lamparita de lectu-
ra que sobresale de su mesita de noche, donde descansa la
biografía de Sylvester Stallone escrita por Antonio Candela
y que tiene una pata coja. Alinea sus zapatillas correctamen-
te, juntándolas, la derecha en la derecha y la izquierda en la
parte izquierda, cualquier cosa que no sea esa posición lo
descentra. Alguna vez cuando se ha ido de acampada con
amigos y estos han dejado sus zapatos mal encarados ha te-
nido que levantarse a alinearlos debidamente, no puede
con ello, costumbre o manía. Abre el libro y saca una car-
ta doblada cuidadosamente. Vuelve a leer una noche más sus
párrafos favoritos, los que lleva grabados a fuego en su men-
te y los que le ayudan a mantenerse en pie cada día:


Hijo mío, nunca dejes de creer que puedes lograrlo. En un
momento de nuestras vidas todos pensamos que hemos tocado
fondo, que no vale la pena seguir luchando y escogemos el ca-
mino más fácil. El del sufrimiento. La vida nos pone barreras
que nos arrodillan, que nos exigen, que nos hacen desistir. No-
sotros debemos superarlas, por eso al final todos buscamos un
motivo que nos llene para seguir viviendo. Encuentra tu moti-
vo y cuando lo tengas no lo dejes escapar. Él te guiará.
Dobla la carta. Adora esas palabras que su madre le escri-
bió semanas antes de que Adrián consiguiese clasificarse para
la prueba final de natación, cuando cursaba 5.º de primaria,
cuando todo era posible, cuando su padre era el subdirector
de la empresa de colchones que tantas satisfacciones le dio,
cuando el núcleo familiar cantaba al unísono por la familia
Telerín. La mete dentro del libro siempre en la misma pági-
na. Número par. Siempre par. Los impares dan mala suerte
y no son de fiar. No le gustan los números impares. Salvo el
7, que es el único que podría ser útil. Apaga la luz, empieza
la reproducción de su playlist. Su subconsciente da gracias
como cada noche a esa carta, gracias a la vida, esa vida que
conserva por un trozo de papel.


Suena hasta aquí
tu grito en silencio, por mí.
¿Dónde están las palabras que oí?
Aunque no digan nada, de ti… de mí